viernes, 9 de mayo de 2025

A donde me lleve el viento.


 Caminata nocturna a donde Alberto.

Relato de Jesús Hurtado.

 Emprendimos el viaje a las seis y media de la tarde, 11 caminantes y yo.

La noche era de luna creciente, soplaba el viento y las nubes corrían a su voluntad, se arrastraban las sombras como queriéndonos asustar, aquí una mancha negra, allá la otra, y de repente, ¡Bummmm! Un cuetón o volador o cohete navideño se levantaba hacia el cielo devorando la oscuridad.

 Un cañonazo estremeció la tierra, y sus bengalas rasgaron la oscuridad hasta dejar al desnudo a la montaña y a sus habitantes…

El camino se deslizaba ladera arriba, y fluía entre las sombras y la penumbra, por allí desfilaban de prisa, ángeles y daimones o demonios…

 Ascendimos 800 metros aproximadamente, y nos desviamos por un desecho estrecho y oscuro donde las tinieblas reinaban.

El ladrar de los perros rompía la monotonía del silencio y nos dejaba al descubierto.

La luz de la linterna rasgaba el velo de la oscuridad abriendo el camino, y permitiendo el paso del caminante.

 Permanecimos en este laberinto estrecho durante unos treinta minutos, y las tinieblas seguían apoltronadas en la penumbra.

 Las casas campesinas engalanaban la noche oscura con sus hermosas luces navideñas. Al fin salimos a una explanada, un camino más amplio donde los cafetales gemían zarandeados por el viento en medio de la oscuridad, con tan poderosa insolencia que los hacia desaparecer en el espacio tiempo.

 Finalmente llegamos a la casa de don Alberto, finca la esmeralda, quien nos recibió con toda amabilidad, característica de quienes habitan tales tierras.

De ahí en adelante el tiempo se pasó volando, entre vinos y galletas, cervecitas y café, y la inmensa fogata que calentaba el entorno mejor que cubrirnos la piel con abrigos o ruanas que nos ataban los pies…

 Las fogatas características de los siete de diciembre en los campos y en los pueblos de antaño, originaron las costumbres de encender las velitas de dicha noche…

Se encendieron hasta consumirse un centenar de velitas y juegos pirotécnicos, muchos de ellos lanzados al firmamento mostrando así a todos en la vereda, que estábamos en celebraciones navideñas, haciendo así, participes a los vecinos como a los dioses del viento, de tal acontecimiento. Hasta Nerón el perro, se unió a la celebración.

 Este suceso nos hizo recordar momentos inolvidables de nuestra infancia y adolescencia.

Con un sabroso tamal santandereano, un buen chocolate con queso y una tajada grande de pan, saciamos el hambre del momento. Como una manera de compartir con nuestros amigos y lugareños, y así, celebrar la divinidad de nuestra existencia…

Casas de paredes altas, techos de dobles aguas, grandes corredores y acogedoras alcobas, y sus grandes cocinas de leñas, son las viviendas de quienes aun tienen el privilegio de vivir en el campo.

 Abundantes bosques por donde danza el viento, y la brisa se pasea refrescando el tiempo, el de hoy como el de antaño, cuando los espíritus habitaban a sus anchas estos parajes sin dueños ni tiempo…

 Un rayito de luna entro silenciosamente y se aposentó en el retablo del sagrado corazón de Jesús, para entronizar al todo poderoso en el pedestal de la existencia.

La constelación de Orión esquiva el camino al no dejarse ver, ya luego se dibujó en el firmamento, desplegando su belleza…

 La oscuridad se movía y el firmamento resplandecía…

¿Para qué usar mi lampara? Me pregunté…

 

 

Un maestro zen decía.

Puedo ver en la oscuridad,

pero sus amigos le decían,

lo hemos visto con una lampara en la noche;

el maestro contestó;

solo la uso para prevenir que otros choquen conmigo.

 

 

 

Transcrito y Editado por

JoseFercho ZamPer.

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